Pobreza e inclusión
Un país para todos no puede tolerar las grandes asimetrías que impone nuestro punto de partida social. Esto implica que muchos de nuestros niños no pueden desarrollar su potencial y aspirar a una vida mejor.
Según cálculos del CEDLAS (Universidad de la Plata), cerca del 25% de la población total y más del 40% de los niños menores de 15 años tienen ingresos por debajo de la línea de pobreza. Las cifras marcan una mejora respecto de 2002, cuando la pobreza alcanzó a más del 50% de la población, pero desde 2006 se ha estancado la reducción de la pobreza porque se ha detenido la tasa de creación de empleo, a la vez que los ingresos de los más pobres pierden la carrera contra la inflación creciente. La desigualdad también ha crecido. Mientras que en 1983 el coeficiente de Gini era de 0,43 en la actualidad es de 0,47, luego de alcanzar casi 0,55 en el 2002. Si bien las tasas de pobreza son más elevadas en el norte del país (NEA 67%, NOA 55%), un 52% del total de pobres vive en el Gran Buenos Aires.
El Estado debe implementar programas amplios de transferencias de ingresos, como un seguro de desempleo transitorio y un programa de ingresos para la niñez, que garanticen que todos los chicos puedan ir a la escuela y acceder a una salud de calidad. Deberá también llevar adelante programas focalizados en poblaciones y problemáticas particulares. En la actualidad, el gasto público tiene un componente distributivo: el coeficiente de Gini luego del efecto del gasto social es 9 puntos menor de lo que sería sin gasto social. Sin embargo, existen grandes partidas presupuestarias, como los subsidios al consumo energético, que son regresivas. Urge una reevaluación del presupuesto, que en los últimos 6 años ha crecido dramáticamente, sin mejorar su impacto distributivo.
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